4. DON QUIJOTE Y SANCHO TIENEN UNA NUEVA AVENTURA
Por un árido, extenso y desolado descampado iban los tres aventureros de caminos, ya Rocinante relinchaba de aborrecimiento por un largo viaje ya sin contratiempos por aquel lugar, cuando Sancho deseaba ya encontrar una venta cualquiera, y el valeroso caballero un fortificado castillo para reposar durante unos días, cuando entre la neblina calurosa del horizonte otra triste figura apareció, pareciendo un espejismo del propio Don Quijote.
Ya entonces avistados, supieron distinguir al desconocido como otro sorprendente caballero andante armado y con montura que se dirigía hacia ellos, o ellos hacia él. Cuando estuvieron a una distancia considerable, los dos con su espíritu caballeresco, pararon, se miraron mutuamente desafiantes, y de repente Don Quijote arrancó al galope igual que el otro caballero, cuando Sancho también quiso seguirle gritaba:
- Mi señor, ¡no vayáis, no sabéis quien es, podéis morir, pensad en Dulcinea, vuestra amada que os espera! -. Pero en vano gritó el desesperado escudero.
Los caballeros decididos estaban cada vez más cerca, con armas en alerta, lanza alzada y apurando las últimas energías de sus desgastados caballos. Entonces, en medio del desierto paisaje se oyó un impacto metálico, y los caballos dejaron de galopar ya exhaustos. Sancho vio a los dos caballeros extendidos en el suelo, y de igual manera con la lengua fuera Rocinante y el otro caballo.
El escudero se acercó a su amo y le quitó el baciyelmo para comprobar si salía y entraba aire por los orificios de su triste cara, y pedirle que se levantara para comprobar que no tenía ninguna herida grave:
- ¿Cómo estáis señor? – preguntó Sancho Panza.
- Me pesa la deshonra por perder contra un aficionado de este arte.
- No es del todo así señor, mirad allí…
Don Quijote miró a unos metros hacia su diestra y vio al otro caballero también en el suelo resintiéndose de su caída. Los dos atrevidos se levantaron, y ya sin fuerzas para batirse en una lucha con espada, se pudieron ver el rostro: era un hombre, aunque de edad avanzada y barba blanca en su cara, tenía un rostro bello para su edad y estado de ese momento, que parecía que ese día aun no había comido nada y se le notaban los pómulos de la cara, sin imaginar su cuerpo huesudo deducible por su envergadura. En este primer momento, ya consciente y fuera de imaginaciones caballerescas se quedó sorprendido al ver aquel hombre con una armadura antigua y armas como él.
- ¿Quién sois atrevido jinete?- le preguntó Don Quijote sorprendido por la rapidez de su pequeño y aunque flaco, robusto caballo.
- Pues un caballero igual que usted, supongo- dijo.
El caballero y escudero quedaron algo sorprendidos al oír como el caballero pronunciaba mal las erres.
- ¿Cuál es vuestro nombre?- preguntó Don Quijote para saber como dirigirse a él y saber si tenía alguna referencia de su linaje o lugar de procedencia.
- Soy Don Pierre, nacido en el puerto de Marsella. Y vos, ¿Quién sois valeroso caballero?-
- Don Quijote de la Mancha, y estos son mi escudero Sancho Panza y mi caballo Rocinante. ¿Qué os trae por estas lejanas tierras?
- Voy en busca de mi hijo que fue detenido injustamente en nuestro pueblo al norte de este país, cuando le pusieron grilletes junto con delincuentes, y unos soldados se los llevaron hacia el sur, entonces me armé para liberarlo e intenté seguir su rastro, pero lo perdí hace unos días, y estoy perdido.
- Pues no sigas preocupado, porque liberé a tu hijo un día a caballo hacia aquella dirección de donde vengo.- le contestó Don Quijote satisfecho de su ayuda al desesperado caballero.
- Merci humilde y justiciero caballero. Solo tengo esta joya familiar de oro para entregarte por tu gratitud: sería un honor que aceptaras este obsequio…-
- Lo acepto con mucho gusto y te deseo suerte en su encuentro.
Ya con el ánimo más alto, el caballero galo tomó su montura y se despidió con agradecimientos en su idioma y se disipó en el horizonte. Y así los dos personajes consiguieron una recompensa que se repartieron-por supuesto que el caballero se quedó más que el escudero- después de un día aburrido y sin aventuras.
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